Por Fernando Sánchez Sorondo - Para LA GACETA - Varanasi (India)
Todo en la India es grande, casi desmesurado. Un rasgo que me deslumbró en la primera visita, hace ya muchos años, y que volví a sentir en este viaje. Por ejemplo, al recorrer de nuevo el Taj Mahal, ese romántico mausoleo que desafía la eternidad de la muerte con la inmensidad de su espacio.
La vastedad de la India empieza por la amplitud de su territorio, el número de sus dialectos y lenguas, la multiplicidad de sus credos y la diversidad de sus etnias. Para no hablar de la marea humana que a toda hora convierte la más inocente caminata en una proeza digna de faquires. En la misma calle conviven sadhus, vendedores de lo imposible, monos, cocineros ambulantes, eximios manipuladores de la culpa que nos enrostran su miseria y vehículos de lo más variados... incluso rickshaws de tracción a sangre humana. Y todo siempre a punto de chocar, entre bocinazos ensordecedores y el inquietante canto de los almuecines, llamando a la oración. Salvo, eso sí, que aparezca con paso cansino alguna vaca sagrada restableciendo milagrosamente la armonía.
A esa magnitud física, este país le añade una de orden metafísico no menos excesiva: su modo de vivir la religiosidad. Cualquiera sabe de sus fabulosas mezquitas, sus estupas, sus templos hindúes, jainistas, zoroastrianos, chiítas, animistas, lamas. Pero lo que me sorprende una y otra vez, tanto como la prodigalidad de sus cultos, es la intensidad extraordinaria de sus prácticas. Días atrás, visitando Goa, ex colonia portuguesa –y por lo mismo uno de los lugares que concentra el mayor número de católicos del país- volví a comprobar que incluso allí se observa una religión –a fin de cuentas, foránea- a la manera hindú. Es decir, de un modo invasivo, extrovertido, tanto que casi todas las puertas de las casas están presididas por una cruz, con velas listas para ser encendidas, como si se tratara de oratorios o capillas.
Al respecto, viene a mi memoria una anécdota que dice mucho de la particular relación de los indios con sus gurúes y swamis. Estando en el aeropuerto de Bangalore, en uno de mis viajes al ashram de Sai Baba, yo venía, como siempre, con algún libro de sus enseñanzas en la mano con su rostro en la portada. Al advertirlo, varios empleados de la aerolínea se pusieron a discutir –desautorizando unos y defendiendo otros- mi devoción (un grupo sostenía que la verdadera divinidad era el Baba de Shirdi y no el mío de Puttaparthi). Me conmovió que esos humildes empleados dejaran de lado sus tareas específicas para debatir acaloradamente –tanto que casi pierdo el avión- lo Esencial. ¿Podría concebirse una escena semejante en cualquier otro aeropuerto del mundo? Así es la India.
Estatura sagrada
Pero no sólo la grandeza en todos los planos es un rasgo distintivo de este país. También su carácter feérico, miliunanochesco. Y es que la realidad misma es fantástica aquí. Metafórica y literalmente: la filosofía vedanta, que representa lo más osado del pensamiento hindú, postula que lo que tenemos por real es mera ilusión, maya, leela o juego divino. Ramana Maharshi –de quien Jung dijo “en la India, él es el punto más blanco de un espacio blanco”- llegó a afirmar que la única realidad es el Ser. Y que por lo tanto, la realización espiritual no es algo que se pueda agregar o conseguir mediante sadhanas o prácticas, sino que ya está presente en cada uno de nosotros. Lo que sí necesitamos es remover los obstáculos que nos impiden percibirlo.
Semejantes postulados pueden parecer -y parecen de hecho- simplistas o francamente literarios, a la luz de una erudición escolástica occidental. Del mismo modo que esa pasión idiosincrática por la no violencia –la ahimsa- que jerarquizó a la política, dotándola de lo que los cristianos llamarían su “cuerpo glorioso” a través de la excelsa figura de un Gandhi.
Pero todo cambia y cobra ese relieve inconfundible de las revelaciones cuando se ha tenido la oportunidad de vivenciarlas encarnadas en maestros y obras, y de sentir, así, aunque más no sea un atisbo de su prodigiosa irradiación.
Y entonces la India adquiere una singular y sagrada estatura, que no niega, sin embargo, su sombra, para decirlo otra vez con Jung. Esa atmósfera tan enigmática como ominosa que nos impregna por los poros ni bien tocamos su suelo. Ese raro sincretismo –también desmesurado- que nos interpela a las orillas del Ganges cuando asistimos, en el mismo momento y casi en el mismo espacio, a la cremación de un cuerpo, junto al baño diario, indiferente y ajeno, de un hombre cualquiera. Estamos, sin duda, frente a ese “olor de la India” del que habló Passolini, o atrapados en el “nocturno hindú” por el que deambulaba, como hipnotizado, el protagonista de la novela de Tabucchi.
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Fernando Sánchez Sorondo - Escritor. Autor de Sai Baba, un cable al cielo.